Escenarios 2008 en Medio Oriente: el desplazamiento del eje de conflicto
Escrito por Julio Burdman
En los últimos años, sin embargo, la definición fue ampliada en Washington, cuya nueva geopolítica introduce el concepto de "Gran Medio Oriente", agregando al mapa anterior a los países del Magreb -Libia, Argelia, Túnez y Marruecos-, el Cuerno de África hasta Sudán-, a Afganistán y Pakistán y, a veces, también a Turquía. Los límites de lo que el Departamento de Estado considera como Medio Oriente a partir del 11-S son cada vez más políticos que geográficos, y abarcan a los países musulmanes cuyos conflictos se han entrecruzado.
Medio Oriente, para Washington, se extiende tanto como el barrio de Palermo -en Buenos Aires- para el mercado inmobiliario porteño. Y, de la misma forma, el balance de los conflictos. Afganistán, Darfur, Pakistán y Líbano son otras de las claves medio-orientales de 2008. No obstante, como recordó Condoleezza Rice en su última conferencia, para la Administración Bush, Irán no solo es el problema mayor de Medio Oriente sino, también, "el principal desafío [proveniente de un solo país] a los Estados Unidos en el mundo." Su respuesta, la "contención de Teherán" seguirá en los próximos meses, apelando a las mismas herramientas de 2007: aislamiento, presión y alianza con terceros países en el ámbito multilateral. Las sanciones a entidades financieras iraníes o las denuncias contra su plan nuclear forman parte de esta táctica. Pero más allá de sus contenidos, lo cierto es que la decisión estadounidense de polarizar con Irán, acertada o no, introdujo un elemento nuevo que se manifestará con mayor claridad en 2008: un desplazamiento del eje del conflicto. Para Washington, el hilo de Ariadna que determinará la suerte de Annapolis, la reconstrucción de Irak y el Líbano, la westernización política del mundo árabe y el control del terrorismo internacional comienza en Irán. Y ese diagnóstico incide en todo el mapa de crisis de la región.¿Hacia un Estado palestino? Perspectivas de Annapolis
El diálogo iniciado en Annapolis el 27 de noviembre pasado, que ha programado un año de trabajo en comisiones y reuniones quincenales de supervisión entre el presidente Mahmoud Abbas (Autoridad Nacional Palestina) y el Primer Ministro Ehud Olmert (Israel), apunta al meollo del problema: la creación de un Estado palestino que reconozca a Israel y garantice su seguridad poniendo fin a las demandas territoriales, el control de Jerusalem, el retorno de refugiados palestinos y colonos judíos, y la retirada militar israelí de Gaza y Cisjordania. No será la primera vez que ambas partes se sienten a la mesa pero en 2008 las oportunidades serán mayores.
En primer lugar, porque las condiciones políticas domésticas, tanto israelíes como palestinas, son relativamente propicias. En Israel, como quedó demostrado con el alto grado de aceptación que tuvo la política de desconexión unilateral de Gaza inaugurada por Ariel Sharon en 2004, que repatrió a miles de colonos judíos, la creación del Estado palestino hoy tiene consenso social. Obviamente, los sectores más ortodoxos y conservadores siguen rechazando esa idea, pero hay una mayoría concesionista, incluso con respecto a Jerusalem Oriental, a cambio del fin de la guerra.
En Cisjordania, por su parte, las posiciones de una población cansada están más divididas pero el oficialista Fatah puede obtener un fuerte rédito político y económico de Annapolis. Tanto Estados Unidos como los organismos internacionales que han perdido clientes en todo el mundo, están ansiosos de financiar la creación y desarrollo de un Estado palestino moderno dentro de la "Iniciativa del Gran Medio Oriente". Y sus opositores internos se han abroquelado en el rechazo a las negociaciones. Del otro lado, a su vez, la situación es parecida: la coalición Kadima de Olmert, que a pesar de su debilidad de origen ha sorteado con éxito todos los vendavales a la fecha, también puede encontrar en Annapolis una fuente de consolidación. Si todo avanza, habrá un referéndum en Israel para aprobar sus resultados y, en caso de triunfo, ese apoyo electoral sería capitalizado por el oficialismo.
Hay, sin embargo, algunos obstáculos de base que no podrán ser resueltos en las negociaciones de cúpulas. No se ha podido incluir a todos los sectores en pugna: si en Israel un sector de la población y la política rechaza cualquier acuerdo, entre los palestinos está el factor Hamas. Este movimiento político terrorista hoy controla el interior de Gaza y rechaza frontalmente el diálogo. Aún los más idealistas que apuestan a un Hamas más pragmático e integrado, descartan que pueda subirse al tren de Annapolis, porque ya ha quedado muy comprometido en el rechazo por sus vínculos con Teherán y su polarización interna con Fatah. Asimismo, se llega a Annapolis con consenso acerca de la necesidad de dos banderas, pero sin demasiada claridad acerca de lo que ello significará en las identidades árabe y judía. En el trasfondo hay, después de todo, un problema de nacionalidades. Los palestinos quieren un Estado árabe y musulmán en sus territorios, con la retirada de los colonos judíos de Cisjordania -los de Gaza, cabe recordar, ya fueron evacuados-, a los que consideran un componente de la ocupación militar. Pero quieren que Israel sea un Estado multinacional de mayoría judía y minoría palestina. Hay, en este caso también, una cuestión económica: las grandes sumas de dinero que transfieren los millonarios del petróleo árabe para la causa, y las pequeñas sumas que los palestinos trabajando en Israel envían a sus familias en los territorios, son partes esenciales de la economía de Gaza, Cisjordania y Jerusalem Oriental. Más aún, el estudio del Banco Mundial sobre la economía del futuro Estado palestino indica que en principio va a depender de los flujos de dinero de los palestinos trabajando en Israel.
En las mixturas de la población y las asimetrías económicas reside el aspecto más complejo. Israel, aunque dispuesto a ceder territorios, no aceptará pagar por todo y exigirá que el nuevo Estado palestino, con ayuda de ONU, absorba a los refugiados. Otorgar la ciudadanía palestina a los colonos judíos en Cisjordania a cambio de la regularización de los refugiados palestinos en Israel no parece una solución ecuánime. No sólo porque los palestinos quieren que los colonos se vayan, y porque los refugiados superan con creces a los colonos, sino porque su situación es diferente: muchos judíos querrán retornar, mientras que la mayoría de los palestinos, que vive relativamente bien en Israel, no querrá hacerlo. Annapolis comienza con oportunidades de realizar avances, pero luce difícil que se logren todos los objetivos propuestos. Los actores involucrados tienen expectativas pero no son totalmente representativos, y si bien han dado pasos adelante en disposición a la concesión territorial a cambio de la paz, aún no maduran las ideas fundamentales acerca de qué tipo de Estado se quiere crear en Palestina, ni se han alcanzado las condiciones de garantía de la paz en el Levante. Detrás de ello, subsiste el problema del mutuo reconocimiento. La marcha de los acontecimientos debe aguardarse con un optimismo mesurado.
Teherán y los Estados fallidos, nuevos "centros" del conflicto en Medio Oriente
La mesura nos lleva a Irán, a la vez motor de los esfuerzos y escollo para la paz. La República Islámica hoy reúne las condiciones para expandir su influencia. Es un país grande en territorio y población, las arcas de su Estado disfrutan de ingresos excepcionales por el aumento del precio del crudo -entre 2002 y 2007 su balanza comercial pasó del déficit a un superávit de U$30 mil millones-, y la inestabilidad de varios países de la región se convierte en territorio fértil para sus redes. Ahmadinejad no es el teólogo Khomeini, sino un oportunista que suma a las fuerzas radicales de Medio Oriente en su red. Es su posición desequilibrante en la región, antes que su activismo global o su programa nuclear, lo que le ha granjeado la enemistad de Washington, la mayoría de los gobiernos árabes, e Israel.
Por eso, en alguna medida, la posibilidad de Annapolis fue favorecida por el hecho de que el escenario del conflicto en Medio Oriente haya cambiado de Jerusalem a Teherán. El temor a la expansión de los pro-iraníes en el Líbano, Palestina e Irak, ha comprometido a Egipto, Arabia Saudí, Jordania y las pequeñas monarquías detrás del proceso de paz amparado por los Estados Unidos. Lo que preocupa a estos países, además de la desestabilización interna, es la perspectiva de un bloque regional inspirado en Teherán. Años atrás, al son del "choque de las civilizaciones", se aseguraba que el eje de Medio Oriente pasaba por Tierra Santa pero hoy, la fotografía de Annapolis parece mostrar que el trasfondo ya no es el conflicto árabe - israelí sino la frontera que el diálogo ha creado: la Liga Árabe de un lado, e Irán, Siria, Hizbollah y Hamas del otro. Por lo menos, as í lo entendió buena parte de la diplomacia occidental.
Esta frontera, creen, es el camino de solución al problema de Irak. Pero apuntar sólo a Teherán puede ser una simplificación contraproducente. De hecho, puede arrastrar a otros actores como Rusia, un país unido a Irán por el comercio, el deseo de contrapesar a Washington y la desconfianza hacia Turquía en el Cáucaso. El problema central de Medio Oriente en 2008, que impacta en las mencionadas situaciones de conflicto, son sus "Estados fallidos". Los escenarios de conflicto, fragmentación y terrorismo son Irak, Afganistán, el Líbano, el Cuerno de África, que carecen de gobiernos estables y Estados capaces de garantizar la paz dentro de sus fronteras. Allí deben apuntar los esfuerzos de la política internacional: el juego iraní aprovecha los escenarios de inestabilidad, no los crea.
El autor es politólogo (UBA), Director de la Carrera de Relaciones Internacionales de la Universidad de Belgrano (UB) y Co-Director del Observatorio Electoral Latinoamericano.
Fuente: HorizonteWeb - Enero 2008.

