Y, después de que hayan fracasado las sanciones al Irán, ¿qué?

PDFImprimir

Escrito por Bennett Ramberg

La aprobación de nuevas sanciones al Irán constituye la tercera vez en que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha actuado para detener el temido enriquecimiento de uranio por parte de esa República Islámica. Lamentablemente, no es probable que las nuevas sanciones sean más eficaces que las dos primeras rondas.

Examinemos las dos resoluciones anteriores del Consejo de Seguridad. La resolución de diciembre de 2006 puso freno a la asistencia internacional al Irán para que dominara el ciclo del combustible nuclear. La resolución de marzo de 2007 pidió “vigilancia y prudencia” en la venta de armas pesadas al Irán y que se dejara de conceder donaciones, asistencia financiera y préstamos en condiciones favorables. Ninguna de ellas hizo inmutarse a los mulahs que gobiernan el país, Pocos son los que esperan un resultado diferente de estas nuevas sanciones, que autorizan la interceptación del contrabando iraní y una supervisión más estricta de las instituciones financieras del régimen, junto con las limitaciones en materia de viajes y la congelación de activos aplicadas a las personas y empresas participantes en el programa nuclear del Irán.

El fracaso de las sanciones selectivas de las Naciones Unidas no es de extrañar. Los EE.UU. llevan años aplicando sanciones rutinarias. Entre 2003 y 2007 el Departamento del Tesoro de los EE.UU. incoó procedimientos judiciales a 94 empresas por violar la prohibición del comercio y la inversión en el Irán. El Departamento de Estado impuso sanciones 111 veces a entidades extranjeras que participaron en actividades de proliferación o relacionadas con el terrorismo junto con el Irán y los dos departamentos han utilizado su poder para congelar activos financieros o el acceso al sistema financiero de los EE.UU.

Los resultados han equivalido a poco más que un pinchazo de alfiler. El comercio internacional siguió financiando los programas nucleares del Irán. En 1994, las exportaciones de productos del Irán ascendieron a 37.000 millones de dólares; en 2007, ascendían casi al doble: 70.000 millones de dólares. En el mismo período, aproximadamente, las importaciones del Irán también aumentaron espectacularmente: de 22.000 millones de dólares en 1994 a 45.000 millones en 2006.

Tras evaluar los dos decenios de sanciones de los EE.UU. para poner freno a la ambición nuclear del Irán, la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno, del Congreso de los EE.UU., sacó recientemente la conclusión de que los resultados eran “poco claros” y añadió con una expresión indirecta de lo más sincera que “algunas pruebas, como, por ejemplo, la firma de contratos por parte de empresas extranjeras para invertir en el sector energético del Irán y las continuas actividades de proliferación del Irán hacen dudar del alcance de las sanciones”.

No sólo no han conseguido las sanciones detener los programas de ciclo del combustible, sino que tampoco lo han hecho otras vías. Los múltiples ofrecimientos de incentivos políticos y económicos por parte de la Unión Europea no han servido para nada, como tampoco los intentos de engatusamiento por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica.

Es cierto que en 2005 y posteriormente el Irán se ofreció a vincular su programa con una cogestión internacional, lo que habría permitido la presencia in situ de supervisores internacionales residentes, pero tanto la comunidad internacional como el Irán no dieron continuidad a la propuesta y ahora esa oportunidad, a medida que los ingenieros iraníes han ido adquiriendo confianza en su trabajo, resulta dudosa.

Algunos esperan que el próximo gobierno de los EE.UU. pueda acabar con las ambiciones nucleares del Irán mediante la diplomacia bilateral, pero la experiencia negociadora de Europa inspira dudas sobre esa perspectiva, pues el Irán sigue adoptando la inequívoca postura de no abandonar nunca su programa de ciclo del combustible.

Suponiendo que aumente la preocupación por la capacidad del Irán para sacar adelante su programa nuclear, a los EE.UU y sus aliados les quedan tres opciones, cada una de ellas con riesgos particulares. En primer lugar, un bloqueo naval (que recordaría a la crisis de los cohetes cubanos) que detuviera las exportaciones e importaciones del petróleo del Irán arruinaría la economía de ese país, pero el ejército de los EE.UU. tendría que poder impedir que el Irán cerrara el estrecho de Ormuz, por el que pasa gran parte del suministro de petróleo del mundo. Tan sólo la interrupción de las exportaciones de petróleo en el Irán perturbaría dramáticamente los mercados petroleros internacionales y es probable que los dirigentes iraníes se obstinaran en continuar –si no acelerar– el desarrollo nuclear.

En segundo lugar, si bien un ataque militar aminoraría la ejecución del programa nuclear del Irán, en caso de que no hubiera inspectores que descubriesen y destruyeran sus restos ni un cambio de régimen o una ocupación militar o ambas cosas, se podrían reconstruir las instalaciones. Además, la conmoción provocada por el ataque podría desencadenar una venganza iraní a escala regional y en otras zonas, con consecuencias económicas mundiales muy superiores a las de un bloqueo.

Así sólo quedaría una opción desestabilizadora: un Irán a punto de llegar a ser un Estado provisto de armas nucleares y enfrentado con un Israel también provisto de armas nucleares y que sacaría a relucir su bomba. En ese caso, queda la esperanza de que la disuasión nuclear mutua fomente el sentido común recíproco. A falta de una mejora espectacular del sombrío panorama político del Oriente Medio, el fracaso de la disuasión nos haría sentir todos los temores juntos de nuestra era nuclear.

Apoye la Iniciativa de Ginebra: envíe un e-mail a info@pazahora.net

Escriba en la línea de asunto: "Apoyo Ginebra", e informe su nombre completo, profesión/actividad y ciudad/provincia.

Diseñado por
TWICEBLUE web design