Israel y la OTAN – Entre la membrecía y la asociación

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Escrito por SHLOMO BEN-AMI

MADRID – La idea de integrar a Israel a la OTAN con frecuencia ha sido promovida como un cebo para alentar al estado judío a hacer las concesiones necesarias para un acuerdo de paz árabe-israelí. Y algunos líderes israelíes –el ministro de Relaciones Exteriores Avigdor Liberman, por ejemplo- están convencidos de que sumarse a la OTAN funcionaría como un elemento de disuasión vital contra Irán.

Sin embargo, es altamente improbable que la plena integración de Israel a la Alianza sea factible desde el punto de vista de la OTAN. A la Alianza no le gustaría tener que aplicar el Artículo 5 de la carta de la OTAN, que obligaría a sus miembros a pelear por Israel si éste fuera atacado por alguno de sus muchos enemigos potenciales en una región endémicamente peligrosa.

Tampoco resulta claro que pertenecer a la Alianza sea algo que le interese demasiado a Israel, un país cuya doctrina de defensa siempre ha estado basada en la confianza en sí mismo y la libertad de maniobra en cuestiones de seguridad. La alianza de palabra de Israel con Estados Unidos es una alternativa más conveniente.

La cooperación e incluso una asociación con la OTAN –una etapa interina que potencialmente podría derivar en una membrecía- es otra cuestión. A pesar del proceso de paz estancado y del efecto adverso que está teniendo el conflicto de Israel con los palestinos en su posición internacional, la OTAN e Israel han fortalecido cada vez más su cooperación en los últimos años. Esto es funcional a los intereses de ambas partes.

Para los israelíes, la cooperación con la OTAN es un componente importante de legitimidad en sus relaciones frecuentemente problemáticas con Occidente; para la OTAN, la cooperación es funcional a su capacidad para trabajar en nuevos teatros de operaciones y responder al perfil cambiante de las amenazas que enfrenta. El interés de la OTAN en Israel  es tal que Patrick Hardouin, un alto funcionario en el Departamento de Asuntos Políticos y Políticas de Seguridad de la Alianza, lo hizo explícito en 2006 cuando dijo que “los altibajos en el conflicto palestino-israelí no deben limitar la cooperación entre Israel y la OTAN”.

En los últimos años, la OTAN ha sobrellevado cambios importantes tanto en su despliegue como en sus objetivos. Dos hechos históricos definen estos cambios: el fin de la Guerra Fría, que tornó obsoleta la estrategia defensiva de la OTAN contra la Unión Soviética, y el 11 de septiembre de 2001, los ataques terroristas contra Estados Unidos, que cambiaron el perfil del enemigo y la naturaleza del campo de batalla. Esto también alteró el teatro de operaciones y obligó a la Alianza a virar su atención de Europa al Mediterráneo, Oriente Medio y más allá.

El énfasis de la OTAN en el Mediterráneo se inició en 1994 a través del Diálogo Mediterráneo, que involucró a países como Egipto, Israel, Jordania, Marruecos, Mauritania, Argelia y Túnez en discusiones de seguridad con la Alianza. El Diálogo, sin embargo, no fue precisamente un acontecimiento edificante.

La Iniciativa de Cooperación de Estambul de 2004, impulsada por el trauma de los atentados del 11 de septiembre, tiene un potencial mucho mayor, ya que transforma las relaciones de la OTAN con los estados amigos de Oriente Medio y pasa del diálogo a la asociación –un nivel comparable con el programa Asociación para la Paz utilizado para promover la plena afiliación de países de Europa central y del este-. Bajo este marco, se ofreció a los principales actores de la región una cooperación multilateral para combatir el terrorismo y la propagación de armas de destrucción masiva. La Iniciativa también prevé la promoción de reformas de defensa regional y el mejoramiento de la interoperabilidad entre las fuerzas militares de la región.

No obstante, tanto el Diálogo Mediterráneo como la Iniciativa de Estambul carecen de una verdadera cultura multilateral de cooperación en cuestiones de seguridad entre los principales actores regionales. El conflicto árabe-israelí es un obstáculo político importante, pero en absoluto es el único. Prácticamente no podría decirse que Marruecos, Argelia y Libia son socios para una cooperación regional de ese tipo, lo cual también es válido para la mayoría de los países árabes en Oriente Medio.

No debe sorprender entonces que, de todos los estados en la región, Israel sea el que ha establecido los vínculos más estrechos con la OTAN. Esto refleja los beneficios que la OTAN cree poder obtener de la experiencia militar única de Israel. Israel recientemente se convirtió en el primer país en concluir un Programa de Cooperación Individual con la OTAN, a través del cual desarrolla un diálogo estratégico en curso con la Alianza que abarca una amplia variedad de áreas, entre ellas el terrorismo, el intercambio de inteligencia, la proliferación nuclear, el aprovisionamiento y la logística y las operaciones de rescate. Asimismo, Israel se plegó al sistema de control naval de la OTAN en el Mediterráneo, colaborando en la Operación Active Endeavor al sumarse a las fuerzas de la OTAN en la patrulla del Mediterráneo.

Ambas partes parecen ansiosos por expandir el alcance de su asociación, con el objetivo de alcanzar un alto nivel de interoperabilidad. Recientemente, previendo una hipotética confrontación con Irán, se llevó a cabo una importante maniobra militar –el ejercicio Juniper Cobra- para poner a prueba la integración de Israel en las defensas contra misiles balísticos de Estados Unidos. Fuentes norteamericanas describieron el ejercicio como “el sistema más completo de defensa contra misiles de aire que hayamos realizado hasta la fecha en cualquier parte del mundo”. Fue un aporte importante, dijeron, para el desarrollo de un escudo antimisiles planeado por la OTAN para Europa.

Las opciones para una futura cooperación son muchas, y van desde la inteligencia y el aprovisionamiento hasta el desarrollo de una doctrina antiterrorista actualizada (que incluya el ciberterrorismo), un dominio en el que la OTAN tiene escasa experiencia. El sueño de David Ben-Gurion de que Israel se convierta en un miembro de la OTAN tal vez no se materialice, pero la asociación en ciernes refleja el reconocimiento inequívoco de parte de la Alianza de que Israel comparte los desafíos que enfrenta Occidente y que es un socio vital para desarrollar las respuestas a estos desafíos.

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