La república del miedo de Irán

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Escrito por MEHDI KHALAJI

WASHINGTON, DC – El régimen clerical de Irán gobierna siguiendo una sencilla fórmula: el que genera más miedo, gana. "La victoria al aterrorizar al enemigo” es un tema presente en varios de los discursos del Ayatolá y Líder Supremo Alí Jamenei. De hecho, es una guía fiable sobre su filosofía política.

Esta visión no fue inventada por Jamenei, sino que procede más bien del Corán y la tradición chiíta. Los miembros de la Guardia Revolucionaria iraní visten uniformes con un verso coránico que dice "Prepárate para enfrentarlos con todas tus fuerzas, para así aterrorizar al enemigo de Dios y a tu enemigo, y a los demás que los acompañas y no conoces; Dios sí sabe quiénes son." más aún, en la tradición chiíta la estrategia del Mahdi, el Mesías chiíta, será intimidar a todos sus enemigos a su llegada a la Tierra.

Sin embargo, cultivar el temor en los demás también lo hace a uno más susceptible a él, y nada atemoriza más a Jamenei y a los líderes de la República Islámica que el dinamismo social desatado por el movimiento democrático que se ha ido desarrollando en el país.

El régimen parece convencido de que sólo hay pequeñas probabilidades de sufrir un ataque militar sobre su programa nuclear. No cree que las sanciones lo puedan hacer colapsar. Así, las fuerzas externas no parecen representar una gran amenaza.

Lo que ha remecido al gobierno y, de hecho, amenaza la existencia de la ideología islámica que controla el gobierno, es la presión del pueblo iraní por obtener derechos humanos y políticos. Hossein Saffar Harandi, ex ministro de Cultura y   Orientación islámica, expresó este temor al declarar que “los ciudadanos que desean que el gobierno dé cuentas ante el pueblo son parte de una guerra blanda contra la República Islámica”.

A lo largo de 30 años, la República Islámica ha dependido de la mano dura del aparato de seguridad interior para silenciar a los disidentes y críticos. Sin embargo, desde las crisis post-electoral de junio, la gente ha ido perdiendo el temor y está comenzando a aterrorizar al gobierno.

Es impresionante cuánto teme Jamenei este alzamiento social. Teme a las disciplinas humanistas, los libros, las artes, las universidades, los satélites, la Internet, e incluso los teléfonos móviles. Para él, el estado debe controlar el acceso público a la cultura y la tecnología globales. De lo contrario, estas fuerzas buscarán socavar el estado.

A diferencia del fundador de la República Islámica, Ayatolá Ruhollah Jomeini, Jamenei carece de carisma y una formación profunda. Tanto su legitimidad política como su autoridad religiosa son altamente cuestionables, y la violencia callejera y la brutalidad en las prisiones conocidas en los últimos meses han socavado su autoridad y afectado su base social. Cada vez más dependiente de la Guardia Revolucionaria como bastión de su régimen, Jamenei se ha alejado de toda posibilidad de llegar a un acuerdo.

Hoy la política exterior de Jamenei está completamente sujeta a cómo se desarrolle la situación interna en Irán. Como lo han mostrado los meses recientes, sólo considerará la posibilidad de llegar a un acuerdo con Occidente una vez que pierda la certidumbre de que todo está bajo control dentro del país. Es como una sierra: la debilidad interna de Jamenei cambia el equilibrio de la política interior de Irán.

En consecuencia, aunque al principio se sintió intimidado por la crisis postelectoral, el régimen accedió a la propuesta del 1 de octubre en Ginebra que habría permitido el enriquecimiento controlado del uranio de Irán fuera del país. En noviembre, cuando el gobierno pensó que la brutalidad en las calles había sofocado el movimiento de protestas, las autoridades iraníes dieron un paso atrás con este compromiso.

En este sentido, el pueblo iraní puede considerarse como un aliado estratégico de Occidente, no sólo porque quiere democracia en su país y paz en la región, sino porque sus continuas protestas ofrecen a Occidente la manera más eficaz de presionar contra el programa nuclear de la República Islámica.

Este régimen no puede sobrevivir en el largo plazo con una crisis política como la que enfrenta hoy. Si la represión continúa, puede terminar convirtiéndose en una dictadura militar, mientras que negociar con el movimiento de protesta produciría algún tipo de gobierno semidemocrático de consenso. Sin embargo, en cualquier caso, el movimiento democrático no moriría. Volvería a emerger continuamente, a pesar de una dura represión cada cierto tiempo, generando los tipos de retos que suponen una amenaza para la existencia de cualquier gobierno no democrático.

El apoyo a los derechos humanos y la democracia en Irán no es sólo cuestión de moralidad, sino una prioridad estratégica para Occidente. Potenciar al pueblo iraní significa debilitar a Jamenei y sus aliados militares. Y es más probable que un Jamenei debilitado esté dispuesto a negociar en el frente nuclear.

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