Los ecos revolucionarios de Irán
Escrito por SAID AMIR ARJOMAND
STONY BROOK, NY – El continuo malestar de Irán, que hoy se extiende más allá del 30 aniversario de la revolución que derrocó al Shah, plantea el interrogante de si la República Islámica está por caer. Como en 1979, millones de iraníes han tomado las calles, esta vez para protestar contra el fraude electoral en las elecciones presidenciales del pasado junio.
Los candidatos presidenciales engañados, ambos veteranos de la revolución, instintivamente pensaron en una revancha de la historia. Mir Hossein Moussavi vio los símbolos verdes de los manifestantes como una representación del color de la Casa del Profeta, e instó a sus seguidores a continuar con sus cánticos nocturnos de "¡Dios es grande!", desde los techos. Por lo tanto, el primer slogan de la oposición invocó el credo religioso de los revolucionarios de 1979. Más recientemente, los manifestantes lo entonaron durante las marchas funerarias por el Gran Ayatollah Ali Montazeri en los últimos días de 2009.
Y, sin embargo, corremos el riesgo de dejarnos llevar erróneamente por los recuerdos de 1979. Es demasiado pronto para predecir otra revolución. Pero la división entre la sociedad de Irán y su gobierno hoy es mucho mayor que bajo el régimen del Shah hace 30 años. El cambio parece igualmente inevitable.
Los progresos tecnológicos favorecen enormemente a los manifestantes de 2009. Los mensajes de texto, Twitter y la web son infinitamente superiores que los cassettes contrabandeados de los discursos del ayatollah Ruhollah Khomeini que alimentaron la oposición en 1979. Lo que falta esta vez, en cambio, es un líder carismático comparable a Khomeini. De hecho, la característica sorprendente del movimiento opositor iraní es la falta de un liderazgo efectivo, a pesar de la asombrosa persistencia de las protestas. Como ha reconocido sin esfuerzo Moussavi, ni él ni el otro candidato presidencial, Ahmad Karroubi, hoy se sienten a cargo.
La mayor diferencia entre 2009 y 1979 fue creada por la propia revolución. Las revoluciones dan lugar a una nueva clase política, y la revolución islámica de Irán no fue una excepción. El liderazgo iraní que se formó tras la revolución consistía en un estrato gobernante reducido y un grupo de apoyo mucho más amplio al que se puso a cargo de la administración y la movilización política.
En los 20 años transcurridos desde la muerte de Khomeini, la composición de esta clase política ha cambiado drásticamente. La elite clerical poco a poco ha perdido poder a manos de grupos de seguridad militar, de cuyos rangos surgió el presidente Mahmoud Ahmadinejad. Los servicios burocráticos y de seguridad dominados por la Guardia Revolucionaria y sus milicias, los Basij (Cuerpos de Movilización), hoy están firmemente al mando.
El líder de la República Islámica, el ayatollah Ali Khamenei, bendijo la decisión de la Guardia Revolucionaria de robar la elección presidencial. Al identificarse abiertamente con el aparato de seguridad militar liderado por Ahmadinejad, Khamenei ha alienado a un segmento importante de la elite clerical gobernante. También ha reducido su propio status como el máximo árbitro de la sociedad iraní, un papel que fue central para el dominio del sistema por parte de Khomeini. Como resultado, ha producido una ruptura entre los dos pilares del régimen revolucionario: la elite clerical y la estructura de seguridad militar.
El crecimiento del poder extra-constitucional y personal de Khamenei introduce un elemento fuerte de incertidumbre en el futuro de Irán. Los regímenes políticos que se basan en un poder personal, comúnmente conocidos como dictaduras, demuestran ser frágiles en la crisis. Esta fue la debilidad del régimen del Shah, que colapsó cuando él se paralizó y dejó de tomar decisiones. No había nada detrás de él que respaldara el sistema.
El respaldo de Khamenei al golpe de Estado de junio de 2009 hoy parece ser un error costoso. Con este único error, socavó lo que había dado señales de ser un curso post-revolucionario robusto para la primera y única teocracia en la historia moderna. Los gritos de "¡Dios es grande!" hoy han sido superados por los cánticos de "¡Muerte al dictador!" en manifestaciones recientes en Teherán, Tabriz, Shiraz y otras ciudades iraníes.
El régimen iraní hoy depende críticamente de las decisiones que toma un solo hombre, el Líder. Por esa razón, está demostrando un grado de fragilidad que es comparable con el régimen del Shah en la última parte de los años 1970.
La mayoría de los voceros del movimiento de protesta Verde defienden la desobediencia civil en lugar de la revolución. A principios de este mes, Ezattolah Sahabi, que fue miembro del gobierno provisional revolucionario en 1979, emitió un comunicado en Teherán donde decía categóricamente que "una revolución en Irán hoy no es ni posible ni deseable". Aproximadamente para la misma época, cinco prominentes intelectuales de la oposición que viven en el exilio dieron a conocer un manifiesto reformista, no revolucionario, dirigido contra los "guardianes déspotas".
Sin embargo, existen escasas posibilidades de que estos hijos de la revolución islámica -hoy reformistas encanecidos- retengan el control del movimiento Verde, que hoy refleja las aspiraciones de una generación post-revolucionaria de hombres y mujeres jóvenes y estudiantes.
El ayatollah-dictador y la Guardia Revolucionaria han hecho todos los intentos posibles por desacreditar a sus opositores tramando, mediante confesiones forzadas en juicios propagandísticos, una conspiración de cambio de régimen basada en una "revolución de terciopelo" producida por las "ciencias sociales de Occidente".
En lo profundo, saben que no existe ninguna conspiración. Su temor está fundado en lo que ven frente a ellos: la marcha hacia adelante de la historia.
Said A. Arjomand es Profesor de Sociología y Director del Stony Brook Institute for Global Studies, State University of New York Stony Brook, New York.
Fuente: Project Syndicate, 2010. Traducción de Claudia Martínez.

