La política exterior turca en primera línea

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Escrito por SHLOMO AVINERI

JERUSALÉN – Unos meses antes de llegar a ser ministro de Asuntos Exteriores, Ahmet Davutoglu, entonces asesor principal del Primer Ministro Recep Tayyip Erdogan, se reunió con un grupo de académicos y politólogos de Oriente Medio, incluidos árabes e israelíes. Con su formación académica y su inmensa erudición, consiguió trazar, en un gran lienzo, la nueva dirección de las políticas de Turquía bajo la dirección del Partido Justicia y Desarrollo (AKP).

Ya entonces resultaba claro que el acceso de Turquía a la Unión Europea había quedado cerrado, con cierta rudeza, principalmente por las presiones alemanas y francesas combinadas, pero quienes esperaban de Davutoglu el fuego del Infierno islamista quedaron profundamente decepcionados.

Lo que articuló fue una exposición sensata y sutil, raras veces oída de labios de políticos en el poder: fue reflexiva, sincera e impresionante. También fue un claro distanciamiento de la tradicional camisa de fuerza en materia de política exterior ideada por Kemal Ataturk, que durante decenios había metido a la fuerza la diplomacia turca en el lecho de Procusto del nacionalismo absoluto, propio del decenio de 1920.

Davutoglu comenzó declarando, al estilo tradicional, que la situación geopolítica de Turquía siempre dictaría la política exterior del país. Después vino el bombazo: al contrario de la concepción kemalista tradicional de la Nación Turca Una e Indivisible, Davutoglu se refirió a lo que todo el mundo sabe desde la creación de la Turquía moderna: el país tiene más azeríes que Azerbaiyán, más personas de origen albanés que las que viven en Albania, más personas de origen bosnio que las que viven en Bosnia y más kurdos que el Kurdistán iraquí.

Esa realidad –sostuvo Davutoglu– significa que la violencia y la inestabilidad en la vecindad inmediata de Turquía amenaza con derramarse sobre la propia Turquía y los conflictos regionales exteriores pueden resultar con facilidad perjudiciales internamente. Por eso, el credo de la política exterior turca debe ser éste: “ningún conflicto con nuestros vecinos ni en nuestra vecindad”.

Ésa era la razón –explicó– por la que Turquía estaba intentando encontrar un acomodo con Armenia. Justificaba la política de Turquía con el Gobierno Regional Kurdo del Iraq septentrional, su participación en Bosnia y Kosovo, su acercamiento a Siria y también su intento de mediar entre Siria e Israel.

Según sostuvo, Turquía no es ni proisraelí ni prosiria: busca un acomodo sirio-israelí para añadir otro factor constitutivo de la estabilidad regional. El gobierno del AKP da todos esos pasos porque redundan en provecho de Turquía, dada no sólo su posición geopolítica, sino también su singular estructura multiétnica (no usó esa terminología, aunque quedaba claramente sobreentendida).

Desde entonces (Davutoglu pasó a ser ministro de Asuntos Exteriores en mayo de 2009), se puede explicar gran parte de lo que Turquía ha hecho como ajustado a su teoría de “evitación de conflictos”, incluida una política ligeramente más matizada respecto de la cuestión de Chipre. Sin embargo, acontecimientos recientes indican que, si se lleva esa política hasta sus límites, choca con sus propias premisas.

Podemos entender perfectamente una política turca consistente en intentar desactivar las tensiones con el Irán en relación con el programa nuclear de este último, pero la iniciativa conjunta irano-brasileño-turca va más allá de semejante política.

El Presidente del Brasil, Inácio Lula da Silva, puede haber pisado un avispero, por su falta de familiaridad con las políticas regionales y sus sentimientos generales antiyanquis, Erdogan había de saber que, al intentar proteger al Irán, estaba abriendo un abismo aún mayor con la UE... y, evidentemente, con los Estados Unidos. Su oposición a unas sanciones más duras contra el Irán en el Consejo de Seguridad alejó aún más a Turquía de la UE y de los EE.UU, cosa que no cuadra con una política de “evitación de conflictos”.

Lo mismo podemos decir sobe el estridente tono que Turquía y el propio Erdogan han adoptado recientemente con Israel. Al abandonar el estrado en Davos durante un debate de mesa redonda con el Presidente de Israel, Shimon Peres, Erdogan puede haber ganado puntos en el mundo árabe, que históricamente vio a Turquía con recelo por su antiguo dominio imperial, pero la vehemencia con la que atacó a Israel durante la crisis de la flotilla dirigida a Gaza fue mucho más allá del apoyo (justificado) a los palestinos asediados y de la crítica (igualmente justificada) a la desastrosa forma como Israel abordó una situación evidentemente difícil.

Si bien la política y el comportamiento de Erdogan le han granjeado apoyo en las llamadas “calles árabes” y tal vez haya dejado en segundo plano al Presidente del Irán, Mahmoud Ahmadinejah, en el papel de Comandante de los Fieles, han escandalizado no sólo a los israelíes, sino también a los dirigentes árabes moderados de Egipto, Arabia Saudí, Jordania y algunos de los Estados del Golfo.

Durante muchos años, el AKP pareció a muchos, en la región y fuera de ella, un modelo para un partido democrático con raíces islámicas, pero, al apoyar a Hamás, Erdogan ha aliado a Turquía con la fuerza fundamentalista más extremista y destructiva del mundo árabe musulmán, una organización que tiene sus orígenes en la Hermandad Musulmana, archienemiga de todos los regímenes árabes de la región (incluida Siria, naturalmente).

Como Erdogan es un crítico de Israel, los gobernantes árabes no pueden decirlo a las claras, pero –junto con sus servicios de seguridad– están empezando a preguntarse si las políticas de Turquía socavarán cualquier estabilidad interna que tengan sus Estados.

Se trata de lo opuesto exactamente de una auténtica política de “evitación de  conflictos”, encaminada a reducir al mínimo las tensiones e intensificar la estabilidad. Ahora, mediante su alianza con el Irán y su apoyo a Hamás, Turquía está precipitándose de cabeza en una serie de conflictos: con Europa, los EE.UU., Israel y los regímenes árabes moderados que han sobrevivido al fundamentalismo chií iraní, pero puede sentirse amenazada por una política exterior suní neootomana.

Así, pues, Turquía no está manifestándose como una mediadora regional, equidistante de los contendientes locales, sino como una potencia regional enérgica, si no agresiva, que aspira a la hegemonía. Lejos de evitar conflictos y mediar para desactivar las tensiones existentes, Turquía, con el AKP, parece decidida a alimentar nuevos conflictos y crear nuevos frentes.

Shlomo Avineri, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén, fue Director General del ministerio de Asuntos Exteriores del gobierno del Primer Ministro Yitzhak Rabin.

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