La inútil exigencia de Netanyahu

Imprimir

Escrito por A. B. YEHOSHUA

HAIFA – Desde la Guerra de los Seis Días de junio de 1967, un pequeño número de israelíes, no todos de izquierdas, apoyaron la idea de dos Estados como solución para el conflicto palestino-israelí. La mayoría de sus compatriotas la rechazaron, como también los palestinos. Los israelíes justificaban su posición con esta pregunta: ¿desde cuándo son los palestinos una nación que merezca tener un Estado? Los palestinos preguntaban, a su vez: ¿por qué deben los judíos, una comunidad religiosa dispersa por todo el mundo, tener un Estado propio?

Mucha agua tuvo que pasar bajo el puente antes de que la idea de una solución con dos Estados –ya fuera como asunto moral o práctico– empezara a filtrarse en los medios políticos e ideológicos israelíes y palestinos. La gente fue acostumbrándose poco a poco a la expresión “Estado palestino” y quienes la adoptaron recibieron apoyo y obtuvieron prestigio en la escena internacional.

Después de que los dirigentes laboristas Shimon Peres, Yitzhak Rabin y Ehud Barak adoptaran el concepto de dos Estados, surgieron los primeros movimientos vacilantes en esa dirección de miembros del Likud: Tzipi Livni, Ehud Olmert y Ariel Sharon. Ahora, desde el propio bastión de la derecha, lo ha hecho Benjamin Netanyahu. Podemos felicitarnos: ¡mejor tarde que nunca!

Todos sabemos que el camino hacia la realización de ese sueño está lleno de obstáculos y dificultades, tanto en el bando israelí como en el palestino. Creo que algunas de las condiciones previas planteadas por el Primer Ministro israelí en su reciente y muy difundido discurso están totalmente justificadas. Sin embargo, otras son inútiles y sólo complican más una situación ya compleja y problemática.

La exigencia por parte de Netanyahu de que el futuro Estado palestino esté desmilitarizado es justa, razonable y necesaria. Basta una mirada al mapa para entenderlo. Incluso Egipto, nación grande y soberana, aceptó la desmilitarización del Sinaí como parte de su proceso de paz con Israel. De hecho, la desmilitarización del Sinaí es uno de los elementos fundamentales de la estabilidad de la paz de Egipto con Israel. Otros países grandes e independientes, como, por ejemplo, el Japón, Alemania y Austria, han estado sometidos durante decenios a limitaciones para su adquisición de ciertas armas y equipo militar.

Asimismo, el rechazo a la pretensión de los refugiados palestinos de un derecho de regreso a Israel propiamente dicho es comprensible, lógica y justa. ¿Qué sentido tendría devolver a millones de palestinos a un Estado cuyos carácter y símbolos les son ajenos, un Estado en el que la mayoría pertenece a otro grupo étnico? ¿Cómo iban a volver a hogares y granjas que ya no existen?

Esos refugiados podrían establecerse mucho mejor en el nuevo Estado de Palestina, su madre patria, entre sus compatriotas, bajo una bandera Palestina y una autoridad palestina, a sólo treinta kilómetros de los hogares y granjas que abandonaron o de los que fueron expulsados hace más de sesenta años.

Pero la otra condición exigida por Netanyahu, la de que los palestinos reconozcan el derecho del pueblo judío a tener su propio Estado o a la existencia de la nación judía, es completamente arbitraria. En mi opinión, resulta superfluo pedir a los palestinos que reconozcan la nación de un pueblo con miles de años de historia y un Estado que mantiene relaciones diplomáticas con 150 países de todo el mundo.

No se puso una exigencia de ese tipo a Egipto ni a Jordania cuando Israel firmó los acuerdos de paz con esos países y constituye un obstáculo totalmente inútil en el camino hacia la paz con los palestinos. Será más que suficiente con pedir a los palestinos que reconozcan la legitimidad del Estado de Israel, cuyas fronteras territoriales e identidad politica son por todos conocidos. Por nuestra parte, nosotros también reconoceremos no tanto al pueblo palestino, que algún día podría fusionarse con el de Jordania, cuanto a un Estado palestino soberano e independiente dentro de las fronteras de 1967.

Plantear el asunto así tiene sentido por dos razones. En primer lugar, la cuestión de la nacionalidad judía es, en realidad, muy complicada incluso para los propios judíos, pues muchos de ellos se consideran judíos sólo en sentido religioso.

En segundo lugar, la negativa de los palestinos a reconocer a Israel como Estado judío está motivada, entre otras cosas, por la presencia de una minoría palestina en Israel, pero las relaciones entre la mayoría judía de Israel y la minoría árabe son una delicada cuestión interna, en la que no es sensato implicar a los palestinos de fuera de Israel. Durante más de sesenta años, los dos grupos han logrado vivir juntos de forma aceptable, afrontando con relativa dignidad el infierno del terrorismo y la ocupación de la Ribera Occidental y la Faja de Gaza. Todos esperamos que con el advenimiento de la paz se consolide ese lazo en torno a una ciudadanía israelí común.

Habrá suficientes problemas para negociar la creación de un Estado palestino, por lo que debemos abstenernos de añadir otros obstáculos gratuitos. Centrémonos en la resolución de los problemas más importantes –desmilitarización, asentamientos, fronteras y refugiados– y permitamos que la realidad de la paz deje atrás o aplace hasta un futuro lejano la solución de problemas que son esencialmente históricos y teológicos.

A. B. Yehoshua es uno de los novelistas más destacados de Israel. Su última novela es Fuego amigo.

 

Apoye la Iniciativa de Ginebra: envíe un e-mail a info@pazahora.net

Escriba en la línea de asunto: "Apoyo Ginebra", e informe su nombre completo, profesión/actividad y ciudad/provincia.