Oslo sigue siendo la mejor opción

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Escrito por Uri Savir

A 14 años del Acuerdo de Oslo, sus principios siguen estando vigentes. Sus detractores no sólo falsifican la historia; tampoco ofrecen alternativa alguna.

En estos días se cumplieron 14 años de la firma del acuerdo de Oslo, el 20 de agosto de 1993. Desde entonces, se ha volcado sobre este acuerdo fuego y azufre, y sus impulsores fueron incluso acusados de derramamiento de sangre. Estas acusaciones no sólo fueron totalmente carentes de base, sino basadas en una ignorancia increíble.

¿Cuál es la verdad? En 1987, el ministro de Relaciones Exteriores de entonces, Shimón Peres, y el rey Hussein de Jordania arribaron a varios entendimientos conocidos más tarde como "Acuerdo de Londres". Se trataba del mejor acuerdo que Israel podía conseguir. Si se hubiera implementado, habría modificado la faz del Medio Oriente. Se hablaba allí de 3 entidades, el Estado de Israel y Jordania, que quedarían tal cual, y una nueva entidad que debía incluir a la Margen Occidental y la Franja de Gaza, en el marco de una confederación jordano-palestina.

Según dicho acuerdo, los israelíes que vivían en los territorios podrían conservar su pasaporte israelí. Jerusalem permanecería unificada, con cada religión como responsable de sus propios lugares sagrados.

La propuesta debía ser presentada en nombre de Estados Unidos, cuyos representantes ya habían dado su acuerdo, en el marco de una convención internacional, desprovista de toda fuerza de imposición. El entonces primer ministro Itzjak Shamir torpedeó la propuesta con argumentos que no resistieron el examen del tiempo. Sostuvo que se oponía a los principios de toda convención internacional, pero no mucho tiempo después viajó a la de Madrid, de la que no salió nada. Sostenía también, que se había sorprendido del viaje de Peres a Londres, un argumento extraño, dado el hecho de que lo había acompañado el vice director del Mossad, subalterno directo del primer ministro.

El torpedeo de este acuerdo fue el error político más grande que un gobierno israelí cometió desde la creación del Estado hasta hoy.

Luego, le quedaron a Israel dos alternativas: dirigir los territorios solo, bajo su responsabilidad y a su exclusivo costo, sin socio palestino y sin apoyo internacional, o hallar un partner palestino que lo haga. Los jordanos no quisieron escuchar de entendimientos tipo Londres.

Si Israel hubiera tomado la responsabilidad por los territorios, habría tenido que llevar una carga administrativa y económica sin precedentes (la Autoridad Palestina recibió entre 15 y 20 mil millones de dólares desde su fundación): habría tenido que ocuparse del empleo, la educación, el nivel de vida, garantizar la libertad de movimiento y todo ello bajo la creciente crítica exterior y bajo la revuelta unificada de los palestinos contra una ocupación que no tiene fin. El líder de esta revuelta, Yasser Arafat, y los palestinos, no reconocían a Israel, sino que continuaban exigiendo la división de Eretz Israel según el Programa de Partición de la ONU, es decir: 48% para el Estado de Israel y el 56% para el estado palestino.

Si los palestinos continuaran aferrándose a los límites de la Partición, en lugar de los límites de 1967, que implicaban un 24% para los palestinos y un 66% para Israel, no se habría generado ninguna posibilidad de paz entre nosotros.

Ésa fue una de las hipótesis para la decisión de mantener negociaciones con la OLP y firmar los Acuerdos de Oslo. Éstos estaban basados en una concepción sólida e intereses definidos y claros. En su base yacía la concepción de que la solución del conflicto entre ambos pueblos no podía estar basada en la fuerza.

Sin conciliaciones políticas el país se habría partido en pedazos en medio de un terrible derramamiento de sangre, tal como ocurriera en Yugoslavia. Los acuerdos de Oslo debian haber conducido de modo gradual a la división del territorio entre los dos pueblos, impedir la formación de un estado bi-nacional, traspasando gradualmente las atribuciones civiles a los palestinos y liberando a Israel de la carga de la ocupación, el control y la responsabilidad por otro pueblo. Los temas centrales como Jerusalem, los colonos, los refugiados, las fronteras y los arreglos de seguridad, debían postergarse para las negociaciones por el status permanente.

Como en todo acuerdo de conciliación, no es un acuerdo ideal. No obstante, les da a los palestinos un horizonte político y permite a Israel continuar existiendo como un estado nacional judío. Con el tiempo, ello también traerá consigo la seguridad a la región.

Ya en sus primeras fases, el Acuerdo de Oslo obtuvo varios logros importantes para ambas partes: los palestinos lograron reconocimiento norteamericano y occidental y pudieron experimentar el autogobierno y ver en el horizonte el fin de la carga de la ocupación. En Israel, el Acuerdo de Oslo condujo, casi de inmediato, aún en el gobierno de Rabin y Peres, a una prosperidad económica sin precedentes y a un cambio en el orden de prioridades a favor de la inversión en la educación y la alta teconología, en desmedro de los asentamientos en los territorios.

Entre los frutos adicionales del Acuerdo de Oslo estuvo un acuerdo de importancia estratégica con el reino hashemita de Jordania, que no hubiera sido firmado si no hubiera existido el de Oslo; un mejoramiento notorio en las relaciones con el país árabe más grande y más importante, Egipto; y el comienzo de negociaciones con Siria, que podría tener frutos en el futuro; relaciones formales e informales con otros países árabes; mejora sin precedentes de las relaciones con Estados Unidos, y fortalecimiento de nuestra posición en el mundo.

En cambio, si Israel no hubiera firmado el Acuerdo de Oslo, la ruptura que se habría producido en sus relaciones con todo el mundo árabe, incluida una Intifada incesante con un durísimo terrorismo, habría puesto en peligro su seguridad. En especial, ello habría constituido un enorme peligro para el carácter judío del Estado de Israel y para su posición moral. No habríamos podido mantener la mayoría en nuestro país y habríamos continuado dominando a otro pueblo contra su voluntad.

Ciertamente, la implementación de los acuerdos de Oslo estuvo lejos de ser perfecta. conozco bien cada letra de dichos acuerdos y puedo decir sin temor a equivocarme, que ambas partes los violaron un sinnúmero de veces; el golpe más duro sufrido por los acuerdos fue consecuencia del terrorismo judío: el asesinato de Itzjak Rabin.

Otros problemas fueron el fracaso de Arafat en establecer un régimen legal y no corrupto; el fracaso de los palestinos en el área de la lucha contra las organizaciones terroristas y por el control de los territorios bajo su responsabilidad; el fracaso de Israel en todo lo tocante a la lucha contra los trasgresores de la ley en los asentamientos; la asfixia económica de los palestinos por Israel; el congelamiento de las negociaciones por el acuerdo definitivo en la época de Biniamín Netaniahu, y mucho más.

No obstante, hay que subrayar que se trata de debilidades en la implementación de un acuerdo justo y correcto, de definición histórica de suma importancia, para todo aquel que desee la continuación de la existencia de un estado judío, nacional y democrático. Todo aquel que desee en el futuro sentarse a la mesa de negociaciones y resolver el conflicto por medios no violentos, deberá volver, en líneas generales, al acuerdo de Oslo y a los principios acordados que subyasen en su base; es lo que ocurre bajo el liderazgo de Ehud Olmert y Mahmud Abbas.

Quienes atacan el Acuerdo de Oslo –en ambos lados- no sólo falsifican la historia, sino que no se molestan tampoco en proponer una alternativa. Su única visión es la de un estado multi-nacional desde el mar hasta el Jordán, en la que se dé el derramamiento de sangre permanente. Quien se opuso al Acuerdo de Londres se opuso también al de Oslo y, de hecho, se opondrá a todo acuerdo de partición. La mayoría pragmática de ambos lados debe poner fin a la apologética sobre Oslo. Hay que decir la verdad sobre él y sobre sus detractores, profetas de la ira y el desastre. Hay que reconocer la fuerza del acuerdo en proporcionar garantía al progreso, a la prosperidad y a la seguridad.

Porque, al final, cuando se firme el acuerdo –así se llame Acuerdo de Pardes Hana- será el de Oslo.

Uri Savir es presidente del Centro Peres por la Paz y fue jefe del equipo de negociaciones israelí en los Acuerdos de Oslo.

Fuente: Haaretz - Povesham - 31/8/2007.

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