¿Qué significa reconocer a Israel como un Estado judío?

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Escrito por ISRAEL LAUBSTEIN y ROBERTO FAUR

Según Benjamín Netanyahu, actual primer ministro de Israel, decir “sí” y reconocer a Israel como un estado judío es algo sencillo y elemental. Y condiciona la paz con los palestinos a la aceptación lisa y llana de esa condición del Estado por parte de éstos. Buena parte de la sociedad israelí, de origen judío, rechaza la posibilidad del retorno de los refugiados palestinos al territorio de Israel, argumentando que ellos deberían retornar al territorio del futuro Estado palestino y que se debería evaluar una compensación económica para ellos. Detrás de ese rechazo está el temor de que los desplazados en 1948 y sus descendientes, debido a su anti-israelismo, romperían el difícil equilibrio construido con la sociedad árabe-israelí. Sin embargo, la mayoría de la sociedad apoya la solución “dos pueblos-dos estados” y un arreglo de paz definitivo.

El reconocimiento exigido por Netanyahu no es tan sencillo, pues es algo a lo que los palestinos se vienen rehusando desde hace 62 años. Y esgrimen, entre otras, las siguientes razones para ello:

No es responsabilidad de los palestinos reconocer la naturaleza judía de Israel.
Reconocer a Israel como Estado judío demandaría un cambio en la narrativa y en la identidad palestina y afectaría los derechos de los ciudadanos palestinos de Israel. Más aún, tal reconocimiento antes de una solución justa para el problema de los refugiados palestinos llevaría a deshonrar el sufrimiento de esos refugiados.
El reconocimiento del Estado judío acabaría en negar el derecho del retorno palestino.

Ahora bien, ante las razones esgrimidas de ambos lados, ¿como se sale del laberinto?.

Antes de evaluar alternativas, recordemos algunas partes de la Declaración de Independencia de Israel en 1948 y su significado, según nuestro entender: “EL ESTADO DE ISRAEL permanecerá abierto a la inmigración judía y el crisol de las diásporas; promoverá el desarrollo del país para el beneficio de todos sus habitantes; estará basado en los principios de libertad, justicia y paz, a la luz de las enseñanzas de los profetas de Israel; asegurará la completa igualdad de derechos políticos y sociales a todos sus habitantes sin diferencia de credo, raza o sexo; garantizará libertad de culto, conciencia, idioma, educación y cultura; salvaguardará los Lugares Santos de todas las religiones; y será fiel a los principios de la Carta de las Naciones Unidas.”

“EXTENDEMOS nuestra mano a todos los estados vecinos y a sus pueblos en una oferta de paz y buena vecindad, y los exhortamos a establecer vínculos de cooperación y ayuda mutua con el pueblo judío soberano asentado en su tierra. El Estado de Israel está dispuesto a realizar su parte en el esfuerzo común por el progreso de todo el Medio Oriente.”

Como vemos, la postura de Netanyahu es una distorsión y una re-interpretación de lo que significa “judío” para el Estado, pues confunde un Estado de “carácter o identidad judía”, que es lo que se desprende de los párrafos de la Declaración de Independencia mencionados más arriba, con uno de “naturaleza judía” definido como se verá más adelante. Esta diferencia entre “carácter” y “naturaleza” no es menor, pues ayuda a entender las posturas de los distintos actores respecto al significado de un Estado judío.
 

En el primer caso se hace referencia a un Estado con igualdad de derechos políticos y sociales para todos sus habitantes (sean éstos judíos, musulmanes o cristianos), pero resaltando el carácter judío del mismo a través de la reivindicación de su historia y su cultura (por ej.:idioma hebreo) y de los símbolos del entonces naciente estado-nación (bandera, escudo, himno).

En cambio, cuando Netanyahu reclama el reconocimiento del Estado judío de Israel,  ello implica reconocer la “naturaleza judía” del Estado, que incluye derechos civiles y sociales diferenciados y segmentados para los palestinos respecto de los israelíes, vulnerando así el espíritu de igualdad expresado en la Declaración de Independencia de 1948.

Shulamit Aloni, la ex ministra de Educación de Yitzhak Rabín, recuerda que fue en 1970 cuando en Israel se decidió que religión y nacionalidad eran la misma cosa y que por ese motivo los ciudadanos no figuraban  inscriptos en el Registro de la Población como israelíes, sino como judíos. Esta concepción de un nacionalismo teocrático y excluyente, quedó confirmada en 1992 bajo el gobierno de Shamir, cuando se promulga la Ley Básica de Dignidad Humana y Libertad que declara que Israel es un Estado judío según la concepción de Netanyahu, es decir de “naturaleza judía”. Decisión que contradice y deja a un lado la expresa promesa expresada en el documento fundacional de la Declaración de la Independencia, consensuada y redactada en 1948 por los más conspicuos dirigentes sionistas de esa época. Sin embargo, la Knesset de 1992 no titubeó en ratificar la ley.

De modo que ya desde entonces Israel es un Estado “de naturaleza judía”, una concepción que el actual gobierno israelí reflota al pedir al sector palestino su reconocimiento como tal y como condición sine qua non para reanudar las tratativas de paz, interrumpidas desde la fallida convocatoria de Anápolis del pasado año. Este reconocimiento étnico implicaría consentir de facto que la igualdad de derechos no tendría la misma validez legal para todos sus habitantes, ni el gobierno israelí tendría que esmerarse en garantizarla, realidades que ya se vienen observando en la región con un tratamiento discriminatorio tanto para la minoría árabe que vive en Israel como a la densa población palestina en los territorios ocupados, y que este gobierno de un nacionalismo extremo y anexionista ha agudizado.
 

Esta situación motiva a preguntarse si realmente se puede calificar como una democracia plena a un estado que sólo tiene en cuenta a una parte de sus habitantes. Como judíos que vivimos en la actualidad en países democráticos, debemos reconocer que gozamos de plenos derechos como ciudadanos y podemos desarrollar todas nuestras actividades culturales, comunitarias, sociales o religiosas con entera libertad y sin declarar lealtad alguna a la religión oficial del país que residimos, si la hubiera.

La democracia que rige actualmente en el Estado de Israel lo es sólo en forma parcial. Hay presencia de partidos políticos, elecciones y un buen sistema judicial que funciona eficientemente para la sociedad israelí, pero no así respecto a la población palestina, pues éstos no obstante tener representación en la Knesset, son objeto de graves trasgresiones legales. La existencia de un estado “de naturaleza judía” legalizado en 1992 bajo el gobierno de Shamir, se ha ido transformando gradualmente en una etnocracia -el gobierno de una comunidad étnica ultra-religiosa- que controla estrictamente el origen étnico de sus ciudadanos según su línea materna, y que regula la vida cotidiana de un país carente de un texto constitucional y de instituciones civiles que reemplacen a sus arcaicas instituciones.

Se va imponiendo lentamente la visión de los rabinos ultra-ortodoxos que no respeta la soberanía de la ley civil, ni la superioridad de las leyes del parlamento en todo lo que se relaciona con decisiones de Estado, ni la igualdad de derechos entre mujeres y hombres y entre judíos y no judíos. Estos sectores se auto-marginan a la hora de cumplir con sus obligaciones en el servicio militar, pero recurren a las arcas del estado para subsidiar a miles de jóvenes estudiantes de las yeshivot, que luego son utilizados en actitudes netamente agresivas contra algunas políticas de estado o contra dirigentes que no concuerdan con su modo de pensar.
 

Estos agresivos sectores ultra-ortodoxos que, junto con los discípulos de Jabotinsky están hoy encaramados en el poder, son los que torpedean la única solución hoy posible que es concretar la creación de un estado palestino, un modo efectivo de combatir al fundamentalismo islámico, una solución que tiene la aprobación de los 22 países que integran la Liga Árabe, que han presentado una iniciativa en ese sentido y que no han sido tenidos en cuenta por el gobierno israelí.
 

Si llegaran a imponerse condiciones de reconocimiento “de la naturaleza judía” del estado israelí para proseguir las tratativas, el conflicto seguirá ad eternum, y será el crecimiento demográfico de ambos pueblos el que se encargue de modelar la naturaleza étnica que tendrá el futuro “Gran Israel”.
 

No es este el país que imaginaron los pioneros sionistas seculares que arribaron a Israel a principios del siglo pasado, en las distintas migraciones. Los guiaba un ideario humanista,  traducido en un deseo ferviente de  concordar y trabajar juntos con la población residente para conformar una sociedad civilizada y en constante progreso, en donde pudieran convivir en paz y armonía dos comunidades con una historia y vivencias culturales distintas.

La visión de Netanyahu de tal Estado “de naturaleza judía”, pretende justificar las acciones que vienen llevando a cabo los colonos ultra-nacionalistas israelíes con el continuo crecimiento de las construcciones en los asentamientos dentro de Cisjordania y en Jerusalén Este, desconociendo los derechos que los palestinos tienen sobre esas tierras. De este modo, pone serios obstáculos en el camino hacia la solución de “dos pueblos-dos estados soberanos” para el logro de la paz definitiva.  

Publicado simultáneamente en: www.espacioconvergencia.com.ar - 9/12/2009.

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