Ojos que no ven…

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Escrito por SEMANA

No hace tantos años atrás miles de israelíes iban los fines de semana a Cisjordania. Compraban verduras o muebles en Kalkilya, comían humus y knafeen Jenín, daban una vuelta por las iglesias de Belén o se entregaban al juego en el casino de Jericó. Por entonces, más de 100.000 palestinos entraban a diario a Israel. Llegaban electricistas, carpinteros y plomeros. Trabajaban en los campos, en los restaurantes o en la construcción. No había paz pero sí comunicación y relaciones generalmente cordiales, incluso de aprecio y amistad. 

Muchos israelíes y palestinos sienten una verdadera nostalgia de aquellos días, cuando podían moverse libremente sin necesidad de permisos especiales ni del temor a un explosivo en cada esquina. El trabajo abundaba y la permisiva sociedad israelí, sus playas y bulevares, suponían un refrescante contrapunto liberal a la conservadora patria palestina.

Sobre esa nostalgia, cubierta a veces por un halo idealizado, se puede escuchar desde el asesinato de Itzjak Rabín, dos años después de la firma de los Acuerdos de Oslo.

Desde entonces no deja de aumentar la distancia física y mental entre ambos pueblos. Los atentados suicidas palestinos, desde 1994, reforzaron a los partidarios israelíes de anexar los territorios. Israel construyó la cerca de seguridad con Cisjordania.

El efecto de la política de separación es que hoy apenas hay contacto directo entre israelíes y palestinos. A los primeros se les multa si entran en la Autonomía ; a los segundos apenas se les conceden permisos. La excepción son los asentamientos judíos, donde trabajan unos 12.000 palestinos.

Sin relaciones personales la empatía se ha ido perdiendo, el sufrimiento ajeno ha pasado a ser invisible y la paz , que construyen los pueblos aunque la firmen los gobiernos, ha quedado convertida en un cliché para llenar informativos y atraer donaciones extranjeras.

La televisión es casi el único agujero por el que la gente de uno y otro lado se siguen observando. A unos los bombardean con misiles Kassam; otros se desayunan con la expropiación de tierras para ampliar asentamientos.

Los cafés de hace 20 años, el regateo en buena onda o la charla para decidir el color de la pintura para la habitación de la nena ya no existen. Hoy no hay más que miedo y agravios. Mucho miedo.

Y ya se sabe que con miedo, nunca hay piedad.

Fuente: Semana.co.il - 4/2/2010.

 

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