¿Saldrá Siria del ostracismo?

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Escrito por KENAN MORTAN

ESTAMBUL - ¿Indicará la reciente aproximación entre los Estados Unidos y Siria una nueva era en la posición internacional de Siria?. Siria puede abrigar la esperanza de que, tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas plenas con los Estados Unidos, haya dos cambios importantes. En primer lugar,  se la retirará de la oficiosa lista negra americana de países del “Eje del Mal”, lo que mejorará en gran medida sus posibilidades de ingresar en la Organización Mundial del Comercio. En segundo lugar, Siria probablemente recibirá el visto bueno para que un oleoducto conduzca petróleo iraquí por su territorio a Turquía. Semejante vínculo con la economía de Turquía –y, por tanto, posiblemente con la Unión Europea– animaría a Siria a abrir su economía aún más a la inversión extranjera.

Pero todo eso tendrá un precio, indudablemente. La aportación de Siria al pacto habrá de ser sin falta la de poner fin a su apoyo a Hezbolá en el Líbano, a cambio de lo cual probablemente pedirá la devolución de las Alturas del Golán. Es de suponer que Israel oponga resistencia a ese resultado y el Irán –como dirigente que es del llamado “creciente chiíta”, que se extiende desde el Líbano hasta  Tayikistán– también se opondría firme y tal vez violentamente a semejante pacto.

Durante la visita del Presidente del Irán, Mahmoud Ahmadinejad, a Siria a comienzos de este año, el Presidente de Siria, Bashir al Asad, y él reiteraron su inflexible cooperación frente a las “manipulaciones occidentales”, pero Asad está sometido cada vez más a presiones procedentes de las filas de su Partido Baas para modernizar el país y sus infraestructuras, cosa imposible sin una mejora de sus vínculos con Occidente.

La economía de Siria está por los suelos. Con una renta por habitante de 2.000 dólares, ha estado cerrada al mundo exterior hasta hace poco. El racionamiento es omnipresente, pero, para lograr apoyo público, el gobierno de Asad ha permitido un mayor consumo interior, por lo que las importaciones extranjeras están aumentando rápidamente. De hecho, el país ha acumulado un déficit comercial desde 2005 y no se ve una vía de vuelta al equilibrio en lontananza.

Países supuestamente “amigos”, como el Irán, han estado echando una mano, pero casi siempre en forma de petróleo –y ni siquiera petróleo refinado– en lugar de dinero. Las medidas encaminadas a liberalizar la inversión extranjera no han paliado la falta de inversión por parte de los socios políticos regionales del régimen. Por ejemplo, la Ley de Inversión Extranjera, de 2007, que fijó un plazo de quince días para la autorización de proyectos, ha dado como resultado sólo 200.000 millones de nueva inversión exterior.

Esa falta de inversión ha dejado la economía, en particular la industria del petróleo, hecha un desastre. Siria, que es miembro de la OPEP, es ahora importadora neta de petróleo.

La minoría chií gobernante que rodea al Presidente Asad –y que, junto con la oligarquía militar, mantiene el control casi total de la economía– parece interesada principalmente en preservar el estancado status quo. En la oposición figuran los comerciantes suníes de Siria, a los que se unen en las peticiones de cambio de las reglas de juego las diversas minorías del país, compuestas por dos millones de cristianos, 1,7 millones de kurdos y 400.000 drusos. La influencia combinada de los cristianos –nestorianos, maronitas, ortodoxos griegos y siriacos– es mayor que su número real y el régimen baasista siempre ha procurado tener en cuenta a esas minorías, pero hasta el acceso al poder de Bashir al Asad no tuvieron un respiro económico y político.

Asad tiene buenos motivos para hacerlo, porque la desigual distribución de la riqueza, junto con una tasa oficial de desempleo del 15 por ciento, está avivando la presión social. El precio de tres dólares por el viaje en autobús entre Alepo y Damasco puede parecer barato a alguien de fuera de Siria, pero, en vista de que un técnico competente puede ganar sólo 150 dólares al mes, resulta casi prohibitivo.

Una mejora de las relaciones con los Estados Unidos podría desencadenar dos tipos de dinámicas: la primera, debida a la iniciativa de desarrollo de la OCDE para el Oriente Medio y el Norte de África, creada en 2004. Por primera vez, la OCDE intervino directamente en países del Oriente Medio que no son miembros de ella y en 2009 Siria fue incluida en su plan rector de cooperación para el desarrollo.

La segunda dinámica positiva puede deberse a los vínculos económicos entre Turquía y Siria. El deshielo en las relaciones bilaterales se inició hace doce años, cuando Siria expulsó al dirigente del violento movimiento separatista kurdo PKK, Abdulá Ocalan. Se creó un Consejo Comercial Turco-Sirio poco después con la esperanza de desarrollar las relaciones económicas, pero ha tenido pocos efectos, a causa del recelo persistente de Turquía respecto del alineamiento político de Siria. La única inversión turca fue la que hizo la empresa Akteks en el sector textil.

Sin embargo, el año pasado, cuando el Primer Ministro Recep Tayip Erdogan impulsó un fortalecimiento de los vínculos de Turquía con el Oriente Medio, se aligeraron los requisitos para la obtención de visados entre los dos países, con lo que en cinco meses hubo un aumento del tráfico automovilístico transfronterizo del 22 por ciento. Se han creado trayectos regulares de autobuses y, según un funcionario bancario turco de alto nivel, “estábamos dudando sobre si abrir una sucursal en Siria por el embargo de los EE.UU., por lo que la llegada de un enviado es como una luz verde para nosotros”.

Para Siria, la alternativa es ahora entre aprovechar la oportunidad para abrir su economía o retirarse de nuevo a su concha baasista. Los beneficios de semejante apertura son claros. La cuestión es si los gobernantes de Siria pueden seguir las opciones políticas necesarias para obtenerlos.

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