El futuro de la alianza sirio-iraní

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Escrito por Bilal Saab y Bruce Riedel

La alianza sirio-iraní puede cambiar en forma radical según cambien las circunstancias en la región. La pregunta es qué nueva forma e intensidad tendrá, especialmente si se considera que entre Israel y Siria podría haber un acuerdo de paz, o todo lo contrario.

No es ningún secreto que la idea básica de la administración Bush detrás de la Convención de Annapolis no es tanto empujar para que se logre un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos como reunir a los estados árabes favorables a Estados Unidos bajo la égida de un proceso de paz, con el fin de contener, o al menos balancear el creciente poder de Irán. Mientras el presidente Bush quisiera ser recordado como quien patrocinó una solución al conflicto israelí-palestino aparentenemte eterno en su último año de gobierno, su prioridad y más urgente objetivo es evitar que los mullahs de Irán produzcan una bomba atómica y amenacen a toda la región.

Invitando a los sirios e incluyendo el tema de las Alturas del Golán en la agenda de la convención, alguien en Washington esperaba también que pudiera comenzar un proceso que tendría como objetivo provocar una división entre Damasco y Teherán, lo cual podría ayudar a Israel a neutralizar las amenazas militares de Hezbollah y Hamás. Pero, a menos que Bush y el primer ministro israelí Ehud Olmert estén preparados para un nuevo acercamiento hacia Damasco, las medidas parciales y los pasos a medias darán como resultado una Siria mucho más cerca de Irán y más apegada a su papel de interceptor de la paz entre israelíes y palestinos o entre israelíes y libaneses. La historia y la práctica de la relación entre Irán y Siria indican que esta alianza habrá de sobrevivir a Annapolis y sus secuelas.

Alejar a Siria de la órbita iraní es una política sana por las sanas razones que han sido presentadas por varios funcionarios en Washington y en capitales árabes, pero vale la pena recordar por qué las tentativas anteriores han fallado y por qué esta actual no rendirá probablemente ningún resultado distinto.

En los años 80, los norteamericanos y los árabes intentaron convencer a Hafez Assad de que rompiera relaciones con el Irán de Khomeini. En aquel entonces, Assad tenía razones más que válidas para abandonar su alianza con los iraníes: asegurar la frontera de su país con Irak ante la perspectiva de un conflicto con Israel, poner fin a la marginación de Siria de la política árabe con la consolidación del eje egipcio-jordano-iraquí, la actividad e interferencia iraní en el Líbano por medio de Hezbollah que amenazaba intereses vitales sirios en ese país. Finalmente, Khomeini decidió interrumpir el envío de petróleo a Siria, lo cual impactó severamente en su economía.

A pesar de todos esos motivos y los grandes esfuerzos del rey Hussein de Jordania, el rey Fahd de Arabia Saudita y de Mubarak en Egipto en el verano de 1987, por aplicar la máxima presión sobre Siria para separarla de Irán, Assad no abandonó a sus amigos iraníes. Assad era un pensador estratégico. Él entendía que la realineación con Irak haría poco por atenuar las preocupaciones por la seguridad de su país o fomentar sus intereses regionales. Irán y Siria obviamente no estuvieron de acuerdo en todos los temas y preocupaciones que les concernían, pero coincidieron en el punto más crítico: el despliegue de Estados Unidos en el Golfo Pérsico amenazaba intereses de las dos naciones. Esa fue una razón más que suficiente para confirmar su alianza.

Hoy en día, no cabe duda de que el mapa estratégico de Medio Oriente es diferente. Hafez Assad se ha ido, y su joven, inexperto y arriesgado hijo, Bashar Assad, está en el poder. Sin embargo, los Estados Unidos siguen teniendo presencia en el Medio Oriente, después de involucrarse más que nunca con la invasión a Irak y la mal diseñada estrategia de democratización, provocando el desconcierto en los líderes árabes pro-Estados Unidos. En la actualidad, las acciones y políticas de Israel y Estados Unidos en la región son nuevamente percibidas por Irán y Siria como una amenaza a su seguridad nacional. Ésta es una razón más que suficiente para apuntalar su alianza.

Un acuerdo de paz entre Israel y Siria es factible, pero ello requerirá concesiones significativas y un cambio de mentalidad en ambas naciones. Israel tendrá que retirarse a las fronteras de 1967 y Siria deberá brindar a Israel garantías creíbles de seguridad comenzando con un acuerdo, de zonas desmilitarizadas a ambos lados de la frontera. Temiendo que renunciar al Golán socave su propia seguridad, Israel solictará a Estados Unidos (tal como lo hiciera en 2000) un conjunto de medidas de seguridad y apoyo por valor de aproximadamente 20 mil millones de dólares o más. El papel de Washington, por lo tanto, no se limita a la intermediación por un acuerdo de paz sirio-israelí, sino también a su financiación.

La alianza sirio-iraní, sólida desde la revolución iraní en 1979, no es y nunca ha sido perfecta. Sus fallas son considerables - sobre todo en la Irak post-Saddam - pero las dos naciones tienen capacidad de resistir graves reveses, hacer revisiones periódicas de su relación y, lo que es más importante, de no asumir compromisos sobre cuestiones que afecten a la seguridad nacional .

Todo esto demostró que el vínculo sirio-iraní, más que un matrimonio por conveniencia, se ha convertido en una alianza madura e institucionalizada que no es probable que sea rota por promesas vacías de Washington y ahora también de Moscú. La paz entre Siria e Israel, siempre y cuando se produzca, muy probablemente redefinirá los parámetros de la alianza sirio-iraní, pero no llevará a su desaparición. Nada mal como resultado final.

Fuente: Dar Al Hayat - Povesham - 23/12/2007.

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