Dispuestos a sacrificar a sus hermanos

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Escrito por MARIO WAINSTEIN

Igual que el parricida que pide piedad al tribunal que lo juzga, porque después de todo es un pobre huérfano, Hamás se apresta a mostrar al mundo la imposibilidad de seguir viviendo en las crueles condiciones impuestas por Israel, sin combustible que genere electricidad. Es el mismo Hamás que días antes llevó a cabo el frustrado atentado en Najal Oz, precisamente en el paso a través del cual Israel suministra el combustible.

Israel viene suministrando combustible y otros elementos de primera necesidad en la medida justa y necesaria para evitar un desastre humanitario, por un lado, y una vida normal por el otro. Desde hace un tiempo, el Gobierno de Hamás ha dejado de utilizar la mayor parte del combustible suministrado, y ese suministro se interrumpió además después del atentado.

Hamás busca precisamente la reacción israelí que no llega: la interrupción total del suministro. Israel lo ha renovado, después de una breve interrupción, a razón de 2,2 millones de litros de mazut semanales, suficiente para generar electricidad a la Franja de Gaza.

Hamás busca afanosamente una crisis como la que ya provocó hace un tiempo y que llevó al desborde fronterizo con Egipto. Para ello necesita enardecer los ánimos, y las privaciones son el mejor medio para lograrlo. El Gobierno de Gaza lo necesita para obtener un mínimo de logros, en un momento en el cual ni siquiera los países árabes le dan legitimidad, la Unión Europea no ha cedido a las presiones y sigue también en la postura del boicot mientras no acepte las condiciones que se le exigen, y ni siquiera las negociaciones por el secuestrado soldado Guilad Shalit parecen llegar a un logro significativo a corto plazo.

Los países árabes parecen haber llegado al límite de lo que están dispuestos a soportar, porque son sus propios regímenes los que comienzan a estar en peligro. Un claro ejemplo de ello se vio en la reciente cumbre de Damasco, a la cual estuvo invitado Mahmud Abás, en tanto que por parte de Hamás no lo estuvo ni siquiera Jaled Mashal aunque sea a título de espectador.

Las relaciones con Egipto, que son claves para quien gobierna en Gaza, pasan por el peor de sus momentos. Los desmanes y las manifestaciones violentas en El Cairo no están del todo desconectados de la influencia de Hamás y de las manifestaciones de cuando se violentó la frontera con Rafíah. Egipto ha aclarado que el horno no está para bollos y que sus tropas tienen orden explícita de abrir fuego si se produce ahora un intento similar.

Israel, por su parte, entiende que no hay que ser más papista que el Papa, y en su caso además está muy claro que habrá de impedir el ingreso de palestinos a través de su frontera a cualquier precio, porque se trata literalmente de una cuestión de vida o muerte. ¿A qué frontera quiere Hamás llevar a los desdichados habitantes de Gaza? ¿A cuántos de ellos estará dispuesto a sacrificar para tratar de salvar su prestigio?

La lección  de democracia
La visita de la ministra de Exteriores, Tzipi Livni, a la Convención en Doha, debe inscribirse también en el contexto citado más arriba. Es verdad que habrá quienes digan que no se deben hacer esfuerzos para lograr la paz con Qatar y los Emiratos, porque "la paz se hace con los enemigos'', pero no es menos cierto que incluso esos países "amistosos'' no suelen acudir a la carrera para invitar a personalidades israelíes y, cuando lo hacen, no suelen prestarse con tanta facilidad a encuentros a la luz de las cámaras y en todo caso, no en secreto.

En esa convención tuvo lugar un suceso que bien puede constituir una lección doble: de democracia por un lado, y de descaro por el otro. La anécdota tuvo como protagonistas a la Livni y al diputado árabe israelí Ahmed Tibi.

En una observación a la canciller durante su disertación, Tibi dijo que "Israel no es una auténtica democracia, sino un estado que practica una política de apartheid''. Se trata de una acusación que formuló hace más de veinte años el filósofo judío e israelí Yeshaiahu Leibovich, quien fustigaba de esa manera a la ciudadanía de su país con las provocaciones que lo caracterizaban. Dichas por un israelí a la propia ciudadanía, las palabras eran graves y polémicas. Pronunciadas por Tibi ante una audiencia de representantes de regímenes de países árabes, eran cómicas.

Livni, como no podía ser de otra manera, se comportó como un tenista a quien le dejan la pelota alta al lado de la red y remató sin piedad: "El simple hecho que en este recinto se encuentre un miembro del Parlamento israelí, en realidad su vicepresidente, y hable como lo ha hecho, es una clara demostración de que somos una democracia''.

Seguro que entre los presentes más de uno debe haber mirado a Tibi diciéndose a sí mismo: ¡Qué descarado!

Por las buenas, sin prohibir
Si me preguntaran y me dieran a elegir, preferiría que las panaderías de Israel cerraran durante Pesaj y que en todos los lugares públicos se viera matzá y no jametz. Creo que forma parte del común denominador nacional judío. El problema es que lo quieren imponer por la fuerza y hasta uno se subleva.

Tiene razón el diputado Zevulún Orlev cuando compara la venta libre de pan en Pesaj a quienes no guarden el minuto de silencio en el día recordatorio de la Shoá o de los caídos en defensa del país. En ambos casos se ofende a un tercero y se viola un código de conducta que suponemos colectivo.

Pero también él debería aceptar que no hay una ley que obligue a nadie a respetar el minuto de silencio, pese a lo cual, o quizás precisamente gracias a lo cual, casi la totalidad de la ciudadanía lo respeta. No hay una ley que prohíba viajar en Yom Kipur en un vehículo privado, y sin embargo todos evitan hacerlo. No hay ley que obligue a un judío israelí a practicar la circuncisión de su hijo, pese a lo cual casi la totalidad de la población judía lo hace. No hay una ley que impone el festejo del bar mitzvá, y sin embargo casi todos los chicos lo festejan a los trece años.

La mejor manera de lograr que cada vez más gente se atreva a desafiar las costumbres y tradiciones judías, es tratar de imponerlas por la fuerza, como se hizo con los casamientos. De no mediar esa estúpida ley que obliga a una pareja de judíos a contraer matrimonio a través del Rabinato, casi nadie renunciaría a formar parte de una tradición milenaria, rica, enriquecedora y hermosa. Del momento en que se vuelve obligatorio, cada vez más parejas buscan y encuentran alternativas, como para diferenciar claramente entre "ellos'' y "nosotros''.

Alguien tiene que detenerlos en su afán legislador, porque van a terminar haciendo odiar al judaísmo a generaciones enteras de jóvenes israelíes, que de otra manera podrían respetarlo e incluso quererlo bastante.

Fuente: Aurora - 18/4/2008.

 

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